En el amor se ve como un arbolito solitario que de pronto es arrasado por un viento furioso
Y teme al viento, y anhela al viento...
Tal vez un día el viento que llegue sea suave y sereno
Usted me lee, cual cuento.
En el amor se ve como un arbolito solitario que de pronto es arrasado por un viento furioso
Y teme al viento, y anhela al viento...
Tal vez un día el viento que llegue sea suave y sereno
Hay ocasiones especiales y frecuentes en las que me siento tan insignificante y apagada.
Hay días (muchos) en los que mis pensamientos tratan sobre la divinidad de las cosas, la eternidad y la libertad. Veo el suelo y pienso en que mis pies andan sobre una de las manifestaciones de dios que ha optado por ser el pavimento.
Luego trato de entender lo que significa que yo soy el único ser (sin pretensiones) y que las paredes de mi habitación, los zapatos, las ventanas y el espejo, entre otros, también soy yo.
Pienso en el dios que juega a que no está absolutamente solo y me da ternura y vértigo.
Luego vuelvo a mi cotidianidad de trastes que lavar, pisos que trapear y discusiones que ganar... "y mira si no he demolido esta vida y demás" (tarareo), porque como que eso es lo mío: "acción, construcción, destrucción"... Creo que en el fondo solo busco (ser) un lugar seguro, estar en paz con el ser que soy y saberme suficiente.
Pues luego lo olvido.
Yo flotaba y sabía que estaba en un sueño. Por lo general cuando esto sucede, elijo adónde ir, pero en este sueño había una fuerza que me arrastraba hacia el lado opuesto. El viento me llevaba y entré a una habitación muy deteriorada de color rojo. Con sorpresa noté que ahí en un sillón destartalado estaba mi papá. Me alegré mucho, me acerqué a él y lo abracé.
No supe interpretar mi sueño. Unos meses después mi papá me llamó por teléfono; me contó con tristeza que se había estado sintiendo mal. Me preocupé de inmediato porque mi papá era un hombre del campo, un hombre fuerte que parecía no enfermar. Tal vez solo no lo decía y pasaba sus malestares en soledad.
Mi papá tenía cáncer en un estado avanzado. Solo pasaron unas semanas desde el diagnóstico hasta su partida. Murió como se muere una hoja seca que se desprende serena de un árbol.
Mi papá murió el 18 de marzo de 2018 y su velorio parecía una fiesta. La gente charlaba amena y se reía con una alegría inesperada. Y es que mi papá fue un hombre sencillo y bueno. Y el ambiente cálido y grato parecía propiciado por él, por su alma bonita. Así se sentía.
Mi papá me adoptó cuando yo era bebé. Me dio su apellido y me crió igual que a una hija. Nuestra relación de padre e hija no era en realidad tan cercana acaso por causa de este detalle pero él era mi papá, como lo era de mis hermanos que sí eran sus hijos de sangre, y yo era su hija.
Hoy lloré la partida de mi padre. Tenía en mí la tristeza trabada y se me desbordó casi de la nada. Alguien me preguntó si de verdad yo lo veía como mi padre y yo respondí: yo no sé cómo es no tener padre; él era mi padre y lo extraño.
En un mundo de dioses encarnados que no recuerdan lo que son, el objetivo es grande como los participantes: gigantes, que se creen diminutos, arrojados a un mundo en el que todo parece estar ya construido, y sobre el cual no parecen tener injerencia alguna. Sin embargo, son ellos los creadores originales, pero en su ignorancia andan creando a tientas y locas, sin ton ni son, realidades de ensueño o de terror. La respuesta del acertijo, en relación al dolor, por ejemplo, consiste en que el bien y el mal que hacen, se lo hacen a sí mismos. El aprendizaje es que cuidar de los otros es cuidar de sí y que cuidar de sí es cuidar de los otros; que amarse a sí es amar a los otros y que amar a los otros es amarse a sí.
Recuerdo vagamente este sueño lejano. Yo corría detrás de una persona a la que quería mucho. La persecución ocurría de noche sobre las vías de madera de un tren. Esta persona a la que yo perseguía iba toda rota; literalmente estaba físicamente muy lastimada, fracturada; tenía vendas en casi todo su cuerpo y manchas de sangre. Pese a sus heridas corría con sorprendente agilidad y saltaba obstáculos que yo no sorteaba con facilidad. Terminé por perderlo de vista, así que decidí ir a comprarle un regalo 🤷♀️ Entré a una tienda de abarrotes; compré un pastelito de chocolate o algo por el estilo. Salí. La noche seguía. Me di cuenta de que ahora tenía un presente y no sabía adónde ir a entregarlo; me dediqué a deambular, pues yo también estaba extraviada.
Bueno, yo lo quería tanto.
Era nuestra primera cita y cuando me despedí de él, una aureola de luz de colores lo rodeaba; en serio: brillaba, y yo, fascinada. Recuerdo bien que me dije: ay no, oh no...
Fue una historia fallida. Iba a ser genial, yo sé, pero no. Al menos a mí se me atravesaron mis inseguridades.Me puse a hablar con el pino de la ventana y esto descubrí (de alguna manera sí que lo sabía pero yo creo que no estaba lista para entenderlo): Mi ser andaba averiado del amor propio. Mi cuerpo está sano pero mi espíritu andaba chorreando sangre, pus y vísceras e s p i r i t u a l e s. No se veían y no lo sabía, aunque lo padecía, propiamente no me había dado cuenta. Andaba yo ignorando la fragilidad espiritual que me aquejaba y sólo sentía a mi ser flaquear, pero no le ponía atención. Esa es la cuestión del espíritu, las heridas se viven pero es fácil no notarlas e ignorarlas y andar con ellas y sufrirlas sin ser conscientes de ellas pero una vez que las ves, que te das cuenta de ellas, empiezan a sanar porque estas listo para hacerlo.
Ahora siento cómo el calor del sol cura y cierra mi herida.