Me describí el momento como "repentino puñetazo emocional en la cara". Terminé de lavarme los dientes y, con cierta dificultad debida a mis zapatos de tacón alto, me dirigí a la puerta metálica. Escuché los acostumbrados insultos (insólitamente dirigidos a mí), me volví, lo vi y me escuché gritar con sobrada indignación: "¡Estoy harta!". Abrí la puerta, crucé el umbral, confieso que algo vacilante; pensaba: "¿en serio, otra vez?". Tuve tiempo para sopesar si debía o no azotar la puerta (definitivamente la ocasión lo ameritaba y yo estaba encabronada), pero yo..., así que la cerré con cuidado.
(26/julio/2019)