martes, 22 de marzo de 2011

He querido

He querido quedarme quieta, sentirme envejecer plácidamente, ser silencio y obscuridad y muerte. Pero soy ruido y pensamientos absurdos y fáciles, soy escandalosa sonrisa y mirada curiosa y besos. En verdad quisiera ser quietud y resignada melancolía y toda sabiduría. Pero soy vana y alegre, confusa y distraída.
Es incómodo.
Estoy ávida. Todo es blanco.

Desesperanza

Ayer me dije que no tengo futuro como escritora, pues el escritor, por miserable que se crea, debe tener confianza en sí mismo. Es curioso que sea en instantes de profunda desesperanza cuando yo escribo, como hoy. Es contradictorio.  Existe una frase que leí al final de una película, a manera de epílogo, y que me reconforta dolorosamente: "Celebrando la desesperanza". La desesperanza acude a uno cuando algo, aparentemente inquebrantable e impalpable, se quiebra dentro. Se quiebra de verdad, y uno sabe que no hay manera de volver atrás. Un cambio, acaso casi imperceptible, ha ocurrido. La desesperanza tiene que ver con lo inalcanzable, con la certeza de la nada, de la negación, del no irremediable, categórico. No, Sujey, no. No queda más que celebrarla, por tajante.

viernes, 28 de enero de 2011

Me equivoqué.  En todo me equivoqué.

Creía que era especial.

Insulsa e insignificante. Al menos, sigo lúcida.

domingo, 24 de octubre de 2010

...

Ingenuamente lo necesito, y le reprocho severamente su partida.

Una vez cerrada la puerta tras de sí, conmigo expectante y sola, procuro nutrir mi día.

Comida, sueño, lectura, música y labores domésticas se suceden interminables e intermitentes.

Platico con el perico, el sustituto del lejano y cruelmente muerto "Panchito".

Dejo que el tiempo pase, sin padecerlo, hasta complacida. Que pase, que se agote, tan lindo él.


 Envejecí otra vez, como ayer.

Indefectible

Me encontré con antiguos escritos ya olvidados. En ellos me quejaba de no saber para qué levantarme de mi cama cada mañana y de mi indefectible decisión final, pasadas las diez de la mañana, de hacer lo mismo que el día anterior.

Mi vida no ha cambiado tanto, aunque ya no me quejo. Supongo que una reconfortante resignación se abalanzó sobre mí.

Me queda el vacío y el "porque sí".

Después de todo, existir no es tan malo, lo malo es ser inconmovible e incontenible, pero tal vez no.