jueves, 7 de marzo de 2013

Muerta

Tú, para mí, estás muerta.

Muchos saludos,

tu mamá.
No sé quién lo escribió. Lo leí hace tiempo y lo escribí en un cuaderno. Era una historia sobre una niña gorda que no era una niña, sino una mujer que parecía niña, y que escribía frases como esa.


miércoles, 6 de marzo de 2013

Ay no

He sentido por ti muchas cosas, sobre todo amor. He pensado en ti una y otra vez, obsesivamente. He intentado todo lo que he podido para olvidarte y nada ha funcionado. Te he buscado en cada sueño lúcido que he tenido (me quedo muy desconcertada a mitad del camino, muy perdida, y pienso: ay no). Cada vez que has aparecido en mi vida, de la manera que sea, mi corazón ha dado un vuelco para al final caer hecho pedacitos. La última vez que desapareciste de mi vida me sumí en una de las depresiones más grandes y dolorosas que he tenido. Yo estaba tan mal y me preguntaba por qué y un día me desbaraté y lloré hasta que entendí: de alguna manera te habías convertido en el ser cuya presencia, aunque muy lejana, confería valor a mi existencia; tu ausencia me hacía sentir vacía e insignificante. Tuve que reconstruírme pero sola, sin ti, sin nadie; debía valer por mí misma, me dije, aunque no comprendía cómo podía yo valer porque sí.
Yo entiendo qué significan estas palabras y por qué lloro mientras las escribo pero creo que no te afectará mi absoluta ausencia. Tengo que irme por mi bien, pues ya es tiempo de liberarme de todo esto. Los años han pasado y yo sigo atrapada en el momento en que me enamoré de ti y perdí la noción del tiempo y el espacio y en el momento en que se me rompió el corazón y me volví gris. Un amor equivocado es el mío y lo acepto. Ya no quiero esperar más, ya no quiero hacerme daño con esto. Creo que debo crecer y seguir. Un amor fallido. Agradezco haberte conocido y haberte querido tanto porque sé que eres bello y bueno, y te deseo lo mejor del mundo. Adiós.

martes, 29 de enero de 2013

Estoy hecha de voces, muchas voces: nunca estoy sola.

Sonrío sinceramente, aunque no lo creas.

 Estoy un poco cansada de contar mi historia, mis historias.

Mi corazón arde, ardía.

Por favor, no.




viernes, 25 de enero de 2013

Arena

Se estremeció. 
Con esa sensación de frío, en medio de una tarde calurosa, de que la vida ya ha sido vivida. De que su copa estaba llena de polvo. De que el aire, el cielo, los árboles, el sol, la lluvia, la luz y la oscuridad, todo, se estaba convirtiendo, lentamente, en arena. Que la arena le llenaría la nariz, los pulmones, la boca. La arrastraría hacia abajo y dejaría un remolino en la superficie como el que dejan los cangrejos cuando se hunden escarbando en la playa. 


Arundhati Roy: El dios de las pequeñas cosas (fragmento).

Inocuos


--Ammu, si eres feliz en un sueño, ¿cuenta?*




*Arundhati Roy

jueves, 20 de diciembre de 2012

Los ojos


No debía cerrar los ojos. 
Tenía miedo de perder el control de mí misma.
Me arrepiento de ti, de amar tus ojos; 
me arrepiento de no poder besar tus ojos.

La acariciaba como si fuera un regalo. Que le fue dado por amor. Algo pequeño y apacible. Insoportablemente valioso.
Pero cuando hacían el amor se sentía ofendido por sus ojos. Se comportaban como si pertenecieran a otra persona. A alguien que estuviera observando. Que estuviera mirando el mar desde una ventana. O a una barca en el río. O a un transeúnte que llevara sombrero en medio de la bruma.
Se exasperaba porque no sabía qué significaba aquella mirada. La situaba a medio camino entre la indiferencia y la desesperación. No sabía que en algunos lugares, como en el país del que procedía Rahel, había diferentes clases de desesperación que pugnaban por la primacía. Y que la desesperación personal nunca llegaba a ser suficientemente desesperada. Que algo sucedía cuando la confusión personal chocaba casualmente con el altar levantado al borde del camino a la confusión pública de una nación. Una confusión inverosímil, insensata, ridícula, torrencial, circundante, violenta, inmensa. Sucedía que el Dios Grande bramaba como un viento tórrido exigiendo reverencia. Y entonces el Dios Pequeño (agradable y contenido, privado y limitado) retrocedía cauterizado, riéndose, aturdido, de su propia audacia. Acostumbrado a la constante confirmación de su inconsecuencia, se tornaba acomodaticio e indiferente. No había mucho que importara. Nada de lo que importaba, importaba mucho. Y, cuanto menos importaba, menos importaba. Nada tenía nunca suficiente importancia. Porque cosas peores habían sucedido. En el país del que ella procedía, en eterno equilibrio entre los terrores de la guerra y los horrores de la paz, continuaban sucediendo las peores cosas.
 Arundhati Roy: El dios de las pequeñas cosas (fragmento).



viernes, 30 de noviembre de 2012

I'm so tired


Les presento mi primera película; es muy chiquita pero muy bonita.